
Memorias, White Alexander
Y ahí estabas tú, madre,
guardada en el útero leñoso,
arrastrada por lo vampiros
hasta sus cuevas evangélicas.
Ahí estabas tú, madre,
con tu faz traslúcida y ausente
acerada,
pétrea,
atestiguando desde la orilla de mi hombro
que aquella que ahí yacía
crisálida gris ante mis ojos,
no eras tú.
Tú marchabas a esa hora
más al norte,
entre caminos grises del asfalto,
entre los espinos y las aguas
tú marchabas decidida a paso lento
tú, guarecida de la muerte
sosteniendo el último crujir de tu aliento
para depositarlo
definitivo y estrellado
en los labios puros de ella.
Tu aliento, madre,
yace en su corazón pequeño.
Te rescatamos del último sarcófago
para la ecuación definitiva.
María Alicia Pino
No hay comentarios:
Publicar un comentario