No sé si te acuerdas Yo sí, Las tardes eran frescas El viento despejaba nuestras dudas Y la calle recibía pasos apurados resolviendo la amistad. El hombre cabello oscuro El hombre bueno desgranando flores para nosotras No sé si se habrá repetido en tu vida la tierra a los pies No sé si se habrá repetido la tibieza de aquellos minutos La brisa, el aroma El Jacarandá brillando entre sus ramas Y nuestras risas. Sólo sé que la micro cambió su recorrido Como los corazones Sólo sé que él duerme más cerca de los mares Como el recuerdo Sólo sé que hemos llegado a la estación inevitable La del llamado Cuando los trenes por fin se detienen Y desgranan hombres y mujeres despertando Sólo sé que hemos llegado A la memoria de las flores sobre el Jacarandá.
Una contempla el infinito para atraparlo de un vistazo Otra transforma con calma el horizonte dibujando soñados escenarios
Miraron desde que nacieron a distintos lados Una se contentó con la vetusta mirada que la asisitió en su nacimiento Otra fijó su primer recuerdo en los ojos ausentes del padre
Con la juventud siguieron mirando a distintos lados Una se acomodó en la trastienda del hogar Otra se resistió armando un laborioso juego con el saber
Ya de treinta y tantos ambas mujeres intentaron mirarse y encontrarse Pero sus miradas siguieron descolgando de algún rincón la extraña sutileza de las que son hermanas no tan hermanas
Las tardecitas de Buenos Aires tiene ese qué sé yo, ¿viste? Salgo de casa por Arenales, lo de siempre en la calle y en mí, cuando de repente, detrás de ese árbol, se aparece él, mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus. Medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre en cada mano... Ja...ja...ja...ja... Parece que sólo yo lo veo, porque él pasa entre la gente y los maniquíes me guiñan, los semáforos me dan tres luces celestes y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares, y así, medio bailando, medio volando, se saca el melón, me saluda, me regala una banderita y me dice adiós.
Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao, no ves que va la luna rodando por Callao y un coro de astronautas y niños con un vals me baila alrededor... Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao, yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión; y a vos te vi tan triste; vení, volá, sentí, el loco berretín que tengo para vos. Loco, loco, loco, cuando anochezca en tu porteña soledad, por la ribera de tu sábana vendré, con un poema y un trombón, a desvelar tu corazón. Loco, loco, loco, como un acróbata demente saltaré, sobre el abismo de tu escote hasta sentir que enloquecí tu corazón de libertad, ya vas a ver.
Y así el loco me convida a andar en su ilusión súper-sport, y vamos a correr por las cornisas con una golondrina por motor. De Vieytes nos aplauden: Viva, viva... los locos que inventaron el amor; y un ángel y un soldado y una niña nos dan un valsecito bailador. Nos sale a saludar la gente linda y el loco, pero tuyo, qué sé yo, loco mío, provoca campanarios con su risa y al fin, me mira y canta a media voz:
Quereme así, piantao, piantao, piantao... trepate a esta ternura de loco que hay en mí, ponete esta peluca de alondra y volá, volá conmigo ya: vení, quereme así piantao, piantao, piantao, abrite los amores que vamos a intentar la trágica locura total de revivir, vení, volá, vení, tra...lala...lara...
La niña se esconde por los días Besa sus manos como mordiendo una toalla. Llora, sí, como lloran las niñas, ella viste de vestidos con girasoles y duendes. Cuando se disfraza de adulta usa collares de perlas y sombreros gigantescos. La niña se oculta tras las puertas para escuchar los corazones ajenos
y cuando te encuentra el alma
te ama
con todas sus agallas de niña.
La niña es un volcán pequeño sobre un pequeño poblado.
La niña es la niña es de la casa y de la villa
es de todos y mía.
La niña corre por su pequeño cuerpo y se choca en aceleraciones.
Cuando pierda todas las partidas Cuando duerma con la soledad Cuando se me cierren las salidas Y la noche no me deje en paz
Cuando sienta miedo del silencio Cuando cueste mantenerse en pie Cuando se rebelen los recuerdos Y me pongan contra la pared
Resistiré, erguido frente a todo Me volveré de hierro para endurecer la piel Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
Soy como el junco que se dobla, Pero siempre sigue en pie Resistiré, para seguir viviendo Soportaré los golpes y jamás me rendiré Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré.
Cuando el mundo pierda toda magia Cuando mi enemigo sea yo Cuando me apuñale la nostalgia Y no reconozca ni mi voz
Cuando me aminace la locura Cuando en mi moneda salga cruz Cuando el diablo pase la factura Se alguna vez me faltas tu Resistiré... O si alguna vez me faltas tú.
Bronca cuando ríen satisfechos al haber comprado sus derechos, Bronca cuando se hacen moralistas y entran a correr a los artistas, Bronca cuando a plena luz del día sacan a pasear su hipocresía, Bronca de la brava, de la mía, bronca que se puede recitar, Para los que toman lo que es nuestro con el guante de disimular, Para el que maneja los piolines de la marioneta general. Para el que ha marcado las barajas y recibe siempre la mejor. Con el as de espadas nos domina y con el de bastos entra a dar y dar y dar. ¡Marcha! Un, dos... No puedo ver tanta mentira organizada sin responder con voz ronca mi bronca, mi bronca. Bronca porque matan con descaro, pero nunca nada queda claro. Bronca porque roba el asaltante, pero también roba el comerciante. Bronca porque está prohibido todo, hasta lo que haré de cualquier modo. Bronca porque no se paga fianza si nos encarcelan la esperanza. Los que mandan tienen este mundo repodrido y dividido en dos. Culpa de su afán de conquistarse por la fuerza o por la explotación. Bronca, pues entonces, cuando quieren que me corte el pelo sin razón, es mejor tener el pelo libre que la libertad con fijador. ¡Marcha! Un, dos... No puedo ver tanta mentira organizada sin responder con voz ronca mi bronca, mi bronca. Bronca sin fusiles y sin bombas. Bronca con los dos dedos en Ve. Bronca que también es esperanza. Marcha de la bronca y de la fe...
Cógeme, llévame a los nichos, hay tanto de qué hablar, bordea la reja que se propaga por los límites, siente al oriente deslizar las sombras que refrescan.
El silencio deambula callejones con árboles al centro, mira estrellas maravillosas, hojas temblando abundantes y nos saluda escandaloso donde el viento se cruza con el sol de mediodía.
Allá mi hermano sentado sobre la piedra.
¿Sabías que los durmientes juegan con tu recuerdo y el latido de las locomotoras es el mismo de hace años?
El río pasa más allá de los paltos y yo sigo sin bajarme de la rama hasta que llegues.
Hoy pasé por la muerte y me detuve a buscarte, llevo horas en los andenes deshojando los años.
Por el norte una nariz de fierro se agiganta.
Coje mi mano que descansa sobre los rieles no pasaré en vano las estaciones.
María Alicia Pino (Al cumplirse 27 años de la muerte de mi hermano Peter. (4 de Noviembre de 1980) Es imposible haber caminado tanto sin tu compañía, es inaudito escribirlo 27 años después. Sólo la noche mantiene las estrellas en el mismo lugar, esta noche es la misma que aquella. Los mismos cometas, las mismas bicicletas, ...yo sé que has de volver)
Lo viste. Seguro que vos también, alguna vez, lo viste: te hablo de ese eterno ciclista solo, tan solo, que repecha las calles por la noche. Usa las botamangas del pantalón bien metidas en las medias y una boina calzada hasta las orejas, ¿te fijaste? Nadie sabe, no, de dónde cuernos viene, jamás se le conoce a dónde diablos va. De todos modos, si lo vieras pasar, miralo con mucho Amor: puede que sea, otra vez...
El flaco que tenía la bicicleta blanca; silbando una polkita cruzaba la ciudad. Sus ruedas, daban pena: tan chicas y cuadradas ¡que el pobre se enredaba la barba en el pedal!
Llevaba, de manubrio, los cuernos de una cabra. Atrás, en un carrito, cargaba un pez y un pan. Jadeando a lo pichicho, trepaba las barrancas, y él mismo se animaba, gritando al pedalear.
"¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!... ¡Meté, flaquito corazón! Vos sabés que ganar no está en llegar sino en seguir..."
Todos, mientras tanto, en las veredas, revolcándonos de risa ¡lo aplaudimos a morir! y él, con unos ojos de novela, saludaba, agradecía, y sabía repetir:
"¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!... ¡Dale con todo, Dale, Dios!..."
Pero cierta noche, su horrible bicicleta con acoplado entró a sembrar una enorme cola fosforescente. ¡Increíble!: los pungas devolvían las billeteras en los colectivos; los poderosos terminaban con el hambre; los ovnis nos revelaban el misterio de la Paz; el Intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle, y hasta yo, pibe, yo que soy las penas, lloré de alegría bailando bajo esa luz la polka del ciclista.
Después, no sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia, no sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!, al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda, su bicicleta blanca le entramos a romper.
Le dimos como en bolsa, sin asco, duro, en grande: la hicimos mil pedazos... Y, al fin, yo vi que él, mordiéndose la barba, gritó: "¡Que yo los salve!..." Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie.
(Mi viejo Flaco Nuestro que andabas en la Tierra: ¿Cómo no te diste cuentas que no somos ángeles sino hombres y mujeres?)
Flaco, no te pongas triste, todo no fue inútil, no pierdas la fe... en un cometa con pedales ¡dale que te dale! yo sé que has de volver...
"...el caso no ofrece ningún adorno para la diadema de las Musas.! Ezra Pound
Me despido de mi mano que pudo mostrar el paso del rayo o la quietud de las piedras bajo las nieves de antaño.
Para que vuelvan a ser bosques y arenas me despido del papel blanco y de la tinta azul de donde surgían los ríos perezosos, cerdos en las calles, molinos vacíos.
Me despido de los amigos en quienes más he confiado: los conejos y las polillas, las nubes harapientas del verano, mi sombra que solía hablarme en voz baja.
Me despido de las Virtudes y de las Gracias del planeta: Los fracasados, las cajas de música, los murciélagos que al atardecer se deshojan de los bosques de casas de madera.
Me despido de los amigos silenciosos a los que sólo les importa saber dónde se puede beber algo de vino, y para los cuales todos los días no son sino un pretexto para entonar canciones pasadas de moda.
Me despido de una muchacha que sin preguntarme si la amaba o no la amaba caminó conmigo y se acostó conmigo cualquiera tarde de esas que se llenan de humaredas de hojas quemándose en las acequias. Me despido de una muchacha cuyo rostro suelo ver en sueños iluminado por la triste mirada de trenes que parten bajo la lluvia.
Me despido de la memoria y me despido de la nostalgia -la sal y el agua de mis días sin objeto -
y me despido de estos poemas: palabras, palabras -un poco de aire movido por los labios- palabras para ocultar quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.
De El árbol de la memoria, 1961 También en: Los dominios perdidos, 1992.
Fin del Mundo
El día del fin del mundo será limpio y ordenado como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo dormirá en una zanja, el tren expreso pasará sin detenerse en la estación, y la banda del Regimiento ensayará infinitamente la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños dejarán sus volantines enredados en los alambres telefónicos, para volver llorando a sus casas sin saber qué decir a sus madres y yo grabaré mis iniciales en la corteza de un tilo pensando que eso no sirve para nada.
Los evangélicos saldrán a las esquinas a cantar sus himnos de costumbre. La anciana loca paseará con su quitasol. Y yo diré: "el mundo no puede terminar porque las palomas y los gorriones siguen peleando por la avena en el patio".
Me he enterado, hace pocos segundos, a través de internet, de esta noticia y quiero compartir con todos una imagen poética de Claudio que conmovía a sus amigos por allá por los 90 en una habitación de las torres San Borja. "Una paloma muere en las avenidas de Nueva York". Ni siquiera recuerdo claramente el texto, ni las palabras exactas (precisión que por esos años eran tan sustancial), sólo evoco a un hombre delgado y joven, eternamente joven, atestiguando la muerte desde el borde de la calle.
Era Giaconni antes de su poema.
Y hoy, cuando ha partido, veo esta misma paloma muriendo en la mitad de la avenida y veo a Claudio mirándose impávido desde la acera.
Como un homenaje a este joven viejo que saludaba con amabilidad, a continuación presento el texto íntegro que encontré en la coctelera.com
Estimados socios, comunicamos que hace unos momentos ha fallecido el brillante poeta y emblemático escritor, de la generación del 50, autor de los cuentos de "La Difícil Juventud" Claudio Giaconi.
Daremos más información durante las próximas horas.
Nuestras condolencias a su familia y a la comunidad de escritores. De la Secretaria General de la SECH
CLAUDIO GIACONI: EXCESOS DE UNA MENTE BRILLANTE
Hora de visita
Iván Quezada
El emblemático escritor de la Generación del 50, autor de los cuentos de La difícil juventud, pasa por el trance más complejo de su existencia: se recupera penosamente de una tuberculosis que lo tiene recluido en un hospital de Santiago. La dolencia es producto de la desnutrición y cierto caos en su vida personal. ¿O acaso es víctima de su propio mito? No lo sabe, pero está decidido a persistir en su camino.
Claudio Giaconi, desde su habitación en el Hospital Barros Luco, en Gran Avenida, había enviado un recado: “Escribe que tengo tuberculosis, para que vengan a visitarme”. La enfermedad se desencadenó meses después de que La difícil juventud, su emblemático libro de cuentos, cumpliera medio siglo desde su publicación. El aniversario no había pasado inadvertido para la prensa y los admiradores de su breve, aunque vibrante obra, que incluye también el ensayo Gogol, un hombre en la trampa. El mal lo descubrió el propio Giaconi, una noche de septiembre pasado en que despertó sumido en una sudoración fría, síntoma inequívoco de la tuberculosis. Estaba en Valparaíso, donde asimismo tomó conciencia de que había descuidado su alimentación y, por tanto, estaba desnutrido. El descalabro lo obligó a venirse a Santiago y aquí por sus propios medios encaminó sus pasos al Hospital Lucio Córdova, dependiente del Barros Luco. Ahora yace en una cama de ese centro asistencial, por fortuna en un cuarto privado que él presume le asignaron como reconocimiento a su “dignidad de escritor”. Si bien afirma que las medicinas han surtido efecto y que pronto estará de regreso en las calles de la ciudad, su apariencia es inquietante. Se le ve muy flaco, la respiración por instantes se le torna difícil y cada cierto tiempo exclama: “¡Maldito hipo!”. Desde luego, su sentido del humor no lo abandona. Como cuando dijo que él nunca fue a la universidad, pero que “me siento como si hubiera egresado de Harvard”. Durante la visita tuvimos que cubrirnos el rostro con una mascarilla. Lo encontramos tendido de costado, escuchando música clásica, en un mutismo que rápidamente, tras los saludos, intercambió por una actitud locuaz, como poniéndose el traje de escritor. Se le vino entonces una frase a la mente: “La vida es una representación teatral”. Es una cita de Shakespeare, que luego repite en inglés y que anotó en su novela inacabada F. Obra que viene a ser su balance existencial. Y luego explica: “Mi papel ha sido el de un hombre algo perdido en la vida, que no sabe de qué se trata y eso precisamente lo hace vivir en busca del factor sorpresa”. Pero muy pronto deja a un lado las frases para el bronce y con gesto perplejo añade que jamás imaginó, como lector de la literatura rusa del siglo XIX, hallarse al final de su vida en un aposento como los descritos por Fedor Dostoievsky.
LA ETERNA JUVENTUD Su abatimiento físico se justifica por su abuso, en los últimos meses, del tabaco, el alcohol y la marihuana. Lo confiesa abiertamente, más aún, afirma que no le recomienda la marihuana a la juventud, salvo “por esparcimiento, pero no de manera permanente”. Lo más asombroso es su retorno al trago, ya que lo había abandonado años atrás, reemplazándolo por la hierba. Hasta hace un tiempo se felicitaba por esa decisión, que lo mantuvo en un precario, aunque soportable, equilibrio en las décadas recientes. Ahora que la vorágine ha pasado, asegura que no echa de menos esas sustancias, porque, a su modo de ver, “los vicios lo abandonan a uno, no viceversa”. ¿Será su caso representativo del destino de los escritores chilenos? No son pocos los que han llegado hasta el mismo punto de Giaconi, como les sucedió a los poetas Jorge Teillier y Rolando Cárdenas (sus compañeros generacionales), pero naturalmente no es una regla. En Giaconi parece haber influido su nueva vida en calle Rosal, en el centro de Santiago, después de permanecer casi 13 años en la casa de una hermana, en el barrio alto. De algún modo fue como recuperar sus años de juventud, por la proximidad de calle Villavicencio, donde habitó en pensiones borradas ya por el tiempo. Pero él dice que su idea no era recrear el pasado, cuando se tomaba fotos en motocicleta, de lentes oscuros y chaqueta de cuero. Era un muchacho de acentuada erudición y de aspecto irreverente, aunque siempre hubo una nota de fragilidad en su ser; de hecho, padeció una delicada operación al fémur izquierdo por la presencia de un tumor. “Se dio en forma natural que regresara a ese barrio –insiste–, aunque no niego que esas calles tengan una significado personal fuerte. Mi apego a la juventud es mi mayor instinto de supervivencia. Por eso y por mi inclinación a sentirme libre, nunca hubiera podido venderme al neoliberalismo salvaje”. Pero lo suyo requiere una explicación más larga y por eso vuelve a hablar: “Cuando volví del extranjero, hace 14 años, lo más impactante fue mi sentimiento de orfandad. Me vi con una personalidad escindida. Al regresar al centro el capullo se abrió, floreció. Prescindiendo del hecho de que uno siempre se siente solo en este ‘mar de los sargazos’ que es la vida, me pareció increíble haber estado secuestrado en mí mismo durante tanto tiempo. Pero al final incidió en mi salud. También encontré el mundo más feo, cruel y materialista, todo lo que he aborrecido en mi existencia”. Como sea, Giaconi se sumió en el caos doméstico, sin alimentarse y olvidándose de las cuentas que se acumulaban en algún rincón. Su proyecto de terminar la novela F continuó postergado. Ahora dice que son las vueltas propias de la vida de un escritor y que él las ha conocido todas. El hecho de escribir, sin embargo, lo considera un factor de “salvataje”. “Mis labores de escritor me sitúan dentro de la sociedad de una manera especial; sin eso sería una ‘volada huacha’, sin dimensiones de identidad personal. La dignidad del escritor es la conciencia; aquel autor que transa con sus principios pierde la conciencia y se convierte en un peligro para el medio. Por algo José Stalin decía: ‘Los escritores son ingenieros del alma’”. GIACONI Y LA POESíA Como él mismo dice, hasta el mes de junio fue un drogadicto (lo afirma con reticencia, porque “no me siento orgulloso de ello”). Pero ahora nuevamente tiene la inquietud de publicar. Lo más cercano que tiene es un volumen de Poesía reunida, en que incluiría su poemario La caída de Occidente, sus versos en inglés y otras composiciones dispersas, y que sería editado por Cuarto Propio. Además, junto al poeta Francisco Véjar prepara un libro de conversaciones, que podría llegar a ser su testamento literario. Sin embargo, su mayor desasosiego es finalizar el mega relato F, experimento que sería el mayor esfuerzo de su arte y con el cual pretende ponerse a la altura del irlandés James Joyce. ¿Será acaso esa enorme ambición la que paralizó su escritura, que prometía grandes novedades para la literatura chilena y latinoamericana? Numerosos críticos y narradores se hacen esta pregunta, pero probablemente nunca tenga respuesta. Tampoco Giaconi sabe si su derrotero hubiese sido diferente de haberse casado y tenido hijos. “Tal vez sí –reflexiona–, pero yo elegí mi camino. También no estoy tan seguro de que uno elija realmente o está predeterminado a escoger lo que al final le ocurre. La vida se reduce a no estar seguro de nada”. Es un hecho, no obstante, que a sus 77 años Giaconi necesita equilibrar sus costumbres solitarias con la compañía de otras personas, y por eso tiene decidido irse a vivir con unas amigas de su edad cuando abandone el hospital. “De otro modo volvería a lo mismo”, admite sin remilgos. Mientras avanzaba la entrevista, entre sus resuellos y sus risas al posar para las fotografías, una enfermera le llevó un tazón de leche y una marraqueta sin nada. Era su “once”, que él no miró con buenos ojos. “Aquí la comida es pésima”, confidenció, y luego exclamando: “¡Lo primero que haré al salir de este lugar es comerme un buen asado con los amigos!”. Nuevamente ríe y parece sentirse otra vez dueño de su propio mito, aquel con el cual concita la admiración de los escritores jóvenes que anhelan una leyenda viviente de rebeldía y displicencia con el mundo. Al poco rato, da la impresión de adivinar estos pensamientos, cuando asegura: “Mi juventud no es de exterioridades, tiene que ver con mitos como Fausto: el rechazo de la vejez como anticipo de la muerte. Si ese instinto decae, la suerte está echada”. Fue paradójico que en esta ocasión, a diferencia de otras conversaciones con Giaconi, no hablase largo y tendido de su pasado. Mencionó brevemente la depresión de 1939, que arruinó económicamente a su familia, y luego los años en Nueva York, durante la dictadura de Pinochet, los cuales habrían formado su carácter. Le preocupaba algo más urgente, quizá comerse las empanaditas de mariscos que un amigo le llevó subrepticiamente, o tal vez las horas de soledad que tenía por delante, una vez que se acabara el horario de visitas. Al momento de las despedidas pareció volver a enfrascarse dentro de sí, como les ocurre a menudo a sus personajes, aunque de todos modos tuvo la habilidad de decirles una última frase a sus lectores: “Veo la muerte totalmente impávido”.
... La vida es lo más hermoso que podemos tener. ... Tu arte Tu sensibilidad Tu canto Tu risa necesitan expresarse
Día a día... segundo a segundo no permitas que se aparten de ti
... sigue riendo sigue cantando sigue amando
" ¡y a la vida más que a nadie!"
el cabro que te quiere Jano
Un homenaje a la distancia, esa distancia irreconciliable por el momento, esa distancia cercana, inasible, un homenaje a mi amigo que canta en el eco del viento. Yo aún te escucho, cabro, en esas pequeñas cosas que sabíamos nos harían recordar. Para ti, amigo, Alejandro Liberona Cartes (Janito). (Marzo 1954- Agosto 2000)
Que me acompañe un reo, un asesino un ladrón o tal vez Dios. Al final de la historia cuando deje de escuchar esta mente ebria el silencio ocupará su espacio.
La gloria caerá sobre nosotros como sombrero de copa.
Con los ojos en el suelo el mismo vino, las mismas bocas la misma historia los mismos amigos tristes.
Hay un árbol en medio de la casa Un árbol que flota en el piso como una aparición Un árbol que jamás creí poder instalar en mi vida, luces de colores que bailan y sonríen.
Un árbol que transita por nosotros, lleno de sueños y promesas y cuelga el tiempo que transcurre de un año a otro repite fosforecencias y aplausos de niños Y me retorna a ciertos espacios a una casa con puertas inexistentes a tardes de pesebres improvisados y manos de niña fabricando sueños ventanas pequeñas con el barrio y los postes adentro y parabrisas que resbalan en el crepúsculo
La mano del padre que clavaba y aturdía llevándonos a la esquina donde el pascuero siempre a destiempo siempre impredecible se nos escurría rosetones, papeles envoltorios y regalos maravillosos que desaparecían por los rincones de las casas abandonadas
Hay un árbol en medio de la casa que levanté con mis propias manos y llené de frutos y rocío raíces gigantescas que buscan la tierra silenciosa, el agua primigenia
Hay un árbol en medio de la casa como aquella casa que hoy no existe que quedó flotando en el tiempo y la tristeza en la memoria de la madre que ya ha olvidado una casa que hoy sólo guarda como testigo un árbol capa caída ramas desnudas pájaros mudos sentados al borde
Hay un árbol que salió volando la última navidad con destino incierto un árbol tras una niña con manos blancas y luces en los dedos un árbol que recorrió demasiados años y hoy me encuentra frondoso y frondosa y hoy lo encuentro raíces profundas ramas al aire y un hijo reclamando un árbol y el amor que lo decora.