miércoles, 27 de junio de 2007

Ha muerto Claudio Giaconi





Queridas Comadrejas:

Me he enterado, hace pocos segundos, a través de internet, de esta noticia y quiero compartir con todos una imagen poética de Claudio que conmovía a sus amigos por allá por los 90 en una habitación de las torres San Borja. "Una paloma muere en las avenidas de Nueva York". Ni siquiera recuerdo claramente el texto, ni las palabras exactas (precisión que por esos años eran tan sustancial), sólo evoco a un hombre delgado y joven, eternamente joven, atestiguando la muerte desde el borde de la calle.

Era Giaconni antes de su poema.

Y hoy, cuando ha partido, veo esta misma paloma muriendo en la mitad de la avenida y veo a Claudio mirándose impávido desde la acera.

Como un homenaje a este joven viejo que saludaba con amabilidad, a continuación presento el texto íntegro que encontré en la coctelera.com


Estimados socios, comunicamos que hace unos momentos ha fallecido el brillante poeta y emblemático escritor, de la generación del 50, autor de los cuentos de "La Difícil Juventud" Claudio Giaconi.

Daremos más información durante las próximas horas.

Nuestras condolencias a su familia y a la comunidad de escritores. De la Secretaria General de la SECH



CLAUDIO GIACONI: EXCESOS DE UNA MENTE BRILLANTE

Hora de visita

Iván Quezada

El emblemático escritor de la Generación del 50, autor de los cuentos de La difícil juventud, pasa por el trance más complejo de su existencia: se recupera penosamente de una tuberculosis que lo tiene recluido en un hospital de Santiago. La dolencia es producto de la desnutrición y cierto caos en su vida personal. ¿O acaso es víctima de su propio mito? No lo sabe, pero está decidido a persistir en su camino.



Claudio Giaconi, desde su habitación en el Hospital Barros Luco, en Gran Avenida, había enviado un recado: “Escribe que tengo tuberculosis, para que vengan a visitarme”. La enfermedad se desencadenó meses después de que La difícil juventud, su emblemático libro de cuentos, cumpliera medio siglo desde su publicación. El aniversario no había pasado inadvertido para la prensa y los admiradores de su breve, aunque vibrante obra, que incluye también el ensayo Gogol, un hombre en la trampa. El mal lo descubrió el propio Giaconi, una noche de septiembre pasado en que despertó sumido en una sudoración fría, síntoma inequívoco de la tuberculosis. Estaba en Valparaíso, donde asimismo tomó conciencia de que había descuidado su alimentación y, por tanto, estaba desnutrido. El descalabro lo obligó a venirse a Santiago y aquí por sus propios medios encaminó sus pasos al Hospital Lucio Córdova, dependiente del Barros Luco. Ahora yace en una cama de ese centro asistencial, por fortuna en un cuarto privado que él presume le asignaron como reconocimiento a su “dignidad de escritor”. Si bien afirma que las medicinas han surtido efecto y que pronto estará de regreso en las calles de la ciudad, su apariencia es inquietante. Se le ve muy flaco, la respiración por instantes se le torna difícil y cada cierto tiempo exclama: “¡Maldito hipo!”. Desde luego, su sentido del humor no lo abandona. Como cuando dijo que él nunca fue a la universidad, pero que “me siento como si hubiera egresado de Harvard”. Durante la visita tuvimos que cubrirnos el rostro con una mascarilla. Lo encontramos tendido de costado, escuchando música clásica, en un mutismo que rápidamente, tras los saludos, intercambió por una actitud locuaz, como poniéndose el traje de escritor. Se le vino entonces una frase a la mente: “La vida es una representación teatral”. Es una cita de Shakespeare, que luego repite en inglés y que anotó en su novela inacabada F. Obra que viene a ser su balance existencial. Y luego explica: “Mi papel ha sido el de un hombre algo perdido en la vida, que no sabe de qué se trata y eso precisamente lo hace vivir en busca del factor sorpresa”. Pero muy pronto deja a un lado las frases para el bronce y con gesto perplejo añade que jamás imaginó, como lector de la literatura rusa del siglo XIX, hallarse al final de su vida en un aposento como los descritos por Fedor Dostoievsky.

LA ETERNA JUVENTUD Su abatimiento físico se justifica por su abuso, en los últimos meses, del tabaco, el alcohol y la marihuana. Lo confiesa abiertamente, más aún, afirma que no le recomienda la marihuana a la juventud, salvo “por esparcimiento, pero no de manera permanente”. Lo más asombroso es su retorno al trago, ya que lo había abandonado años atrás, reemplazándolo por la hierba. Hasta hace un tiempo se felicitaba por esa decisión, que lo mantuvo en un precario, aunque soportable, equilibrio en las décadas recientes. Ahora que la vorágine ha pasado, asegura que no echa de menos esas sustancias, porque, a su modo de ver, “los vicios lo abandonan a uno, no viceversa”. ¿Será su caso representativo del destino de los escritores chilenos? No son pocos los que han llegado hasta el mismo punto de Giaconi, como les sucedió a los poetas Jorge Teillier y Rolando Cárdenas (sus compañeros generacionales), pero naturalmente no es una regla. En Giaconi parece haber influido su nueva vida en calle Rosal, en el centro de Santiago, después de permanecer casi 13 años en la casa de una hermana, en el barrio alto. De algún modo fue como recuperar sus años de juventud, por la proximidad de calle Villavicencio, donde habitó en pensiones borradas ya por el tiempo. Pero él dice que su idea no era recrear el pasado, cuando se tomaba fotos en motocicleta, de lentes oscuros y chaqueta de cuero. Era un muchacho de acentuada erudición y de aspecto irreverente, aunque siempre hubo una nota de fragilidad en su ser; de hecho, padeció una delicada operación al fémur izquierdo por la presencia de un tumor. “Se dio en forma natural que regresara a ese barrio –insiste–, aunque no niego que esas calles tengan una significado personal fuerte. Mi apego a la juventud es mi mayor instinto de supervivencia. Por eso y por mi inclinación a sentirme libre, nunca hubiera podido venderme al neoliberalismo salvaje”. Pero lo suyo requiere una explicación más larga y por eso vuelve a hablar: “Cuando volví del extranjero, hace 14 años, lo más impactante fue mi sentimiento de orfandad. Me vi con una personalidad escindida. Al regresar al centro el capullo se abrió, floreció. Prescindiendo del hecho de que uno siempre se siente solo en este ‘mar de los sargazos’ que es la vida, me pareció increíble haber estado secuestrado en mí mismo durante tanto tiempo. Pero al final incidió en mi salud. También encontré el mundo más feo, cruel y materialista, todo lo que he aborrecido en mi existencia”. Como sea, Giaconi se sumió en el caos doméstico, sin alimentarse y olvidándose de las cuentas que se acumulaban en algún rincón. Su proyecto de terminar la novela F continuó postergado. Ahora dice que son las vueltas propias de la vida de un escritor y que él las ha conocido todas. El hecho de escribir, sin embargo, lo considera un factor de “salvataje”. “Mis labores de escritor me sitúan dentro de la sociedad de una manera especial; sin eso sería una ‘volada huacha’, sin dimensiones de identidad personal. La dignidad del escritor es la conciencia; aquel autor que transa con sus principios pierde la conciencia y se convierte en un peligro para el medio. Por algo José Stalin decía: ‘Los escritores son ingenieros del alma’”. GIACONI Y LA POESíA Como él mismo dice, hasta el mes de junio fue un drogadicto (lo afirma con reticencia, porque “no me siento orgulloso de ello”). Pero ahora nuevamente tiene la inquietud de publicar. Lo más cercano que tiene es un volumen de Poesía reunida, en que incluiría su poemario La caída de Occidente, sus versos en inglés y otras composiciones dispersas, y que sería editado por Cuarto Propio. Además, junto al poeta Francisco Véjar prepara un libro de conversaciones, que podría llegar a ser su testamento literario. Sin embargo, su mayor desasosiego es finalizar el mega relato F, experimento que sería el mayor esfuerzo de su arte y con el cual pretende ponerse a la altura del irlandés James Joyce. ¿Será acaso esa enorme ambición la que paralizó su escritura, que prometía grandes novedades para la literatura chilena y latinoamericana? Numerosos críticos y narradores se hacen esta pregunta, pero probablemente nunca tenga respuesta. Tampoco Giaconi sabe si su derrotero hubiese sido diferente de haberse casado y tenido hijos. “Tal vez sí –reflexiona–, pero yo elegí mi camino. También no estoy tan seguro de que uno elija realmente o está predeterminado a escoger lo que al final le ocurre. La vida se reduce a no estar seguro de nada”. Es un hecho, no obstante, que a sus 77 años Giaconi necesita equilibrar sus costumbres solitarias con la compañía de otras personas, y por eso tiene decidido irse a vivir con unas amigas de su edad cuando abandone el hospital. “De otro modo volvería a lo mismo”, admite sin remilgos. Mientras avanzaba la entrevista, entre sus resuellos y sus risas al posar para las fotografías, una enfermera le llevó un tazón de leche y una marraqueta sin nada. Era su “once”, que él no miró con buenos ojos. “Aquí la comida es pésima”, confidenció, y luego exclamando: “¡Lo primero que haré al salir de este lugar es comerme un buen asado con los amigos!”. Nuevamente ríe y parece sentirse otra vez dueño de su propio mito, aquel con el cual concita la admiración de los escritores jóvenes que anhelan una leyenda viviente de rebeldía y displicencia con el mundo. Al poco rato, da la impresión de adivinar estos pensamientos, cuando asegura: “Mi juventud no es de exterioridades, tiene que ver con mitos como Fausto: el rechazo de la vejez como anticipo de la muerte. Si ese instinto decae, la suerte está echada”. Fue paradójico que en esta ocasión, a diferencia de otras conversaciones con Giaconi, no hablase largo y tendido de su pasado. Mencionó brevemente la depresión de 1939, que arruinó económicamente a su familia, y luego los años en Nueva York, durante la dictadura de Pinochet, los cuales habrían formado su carácter. Le preocupaba algo más urgente, quizá comerse las empanaditas de mariscos que un amigo le llevó subrepticiamente, o tal vez las horas de soledad que tenía por delante, una vez que se acabara el horario de visitas. Al momento de las despedidas pareció volver a enfrascarse dentro de sí, como les ocurre a menudo a sus personajes, aunque de todos modos tuvo la habilidad de decirles una última frase a sus lectores: “Veo la muerte totalmente impávido”.


domingo, 24 de junio de 2007

Los moros y Jorge Yañez





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Un recuerdo para Jano




Cabra


... La vida es lo más
hermoso que podemos tener.
... Tu arte
Tu sensibilidad
Tu canto
Tu risa
necesitan expresarse

Día a día... segundo
a segundo
no permitas
que se aparten
de ti

... sigue riendo
sigue cantando
sigue amando

" ¡y a la vida
más que a nadie!"

el cabro que te quiere
Jano


Un homenaje a la distancia, esa distancia irreconciliable por el momento, esa distancia cercana, inasible, un homenaje a mi amigo que canta en el eco del viento.
Yo aún te escucho, cabro, en esas pequeñas cosas que sabíamos nos harían recordar.
Para ti, amigo, Alejandro Liberona Cartes (Janito).
(Marzo 1954- Agosto 2000)

jueves, 21 de junio de 2007

La primera Comadreja




Las lenguas de tu marcha van corriendo

Como un agua oscura,
como sol desvanecido
en una píldora
o gato enfurecido.

Como perla de desague,
Trono secuestrado, hiel.
Cañon y espesura,
carne traspasada: miel

de alabastro, de radiografía,
dulzura transparente, precoz
silencio de matriz
en parto de Luz. Veloz,

como el cielo, azul
como diciembre. Tibio
ocaso de lengua
en el oscuro llanto mío.


Eduardo Morales

miércoles, 20 de junio de 2007

La columna del reverendo Prelle




Me quedaré aquí sentado tomado el vino de otro

Que me acompañe un reo, un asesino
un ladrón o tal vez Dios.
Al final de la historia
cuando deje de escuchar esta mente ebria
el silencio ocupará su espacio.

La gloria caerá sobre nosotros
como sombrero de copa.

Con los ojos en el suelo
el mismo vino, las mismas bocas
la misma historia
los mismos amigos tristes.

Todos seremos más poderosos
después de la lluvia.


Italo Prelle

sábado, 19 de mayo de 2007

Comunión




Inmaculada vida que se transforma en paisajes sonoros
de voces milenarias navegando entre idiomas babilónicos

No espera vivir para morir, no espera morir para vivir

Solamente un Dios le permite caminar en el mar
Solamente un Dios la observa desde los cielos
Solamente un Dios la enterrará en sus tierras

En círculos infinitos se despliega desnuda
Sin padres, hermanos, sin raíces: es aire

Se funde y ríe sobre las arenas invisibles

La madera silenciosa de los árboles la abraza
Y se desliza por sus montañas verdes, infinita

Sus alas de fuego son nubes desplegadas

La luna entre sus manos acaricia el alma, vigilante.
El sol aguarda al final de todos los universos

Perdona a los pecadores porque ellos caminan ciegos

Comulga, secreta y clandestina, con el día, con la noche
Con el cosmos impertérrito, majestuoso y conmovido

Por los parques de la tarde, una dama sin nombre, desaparece

Mariela Ríos Ruiz -Tagle

miércoles, 9 de mayo de 2007

Un poema que se escribe a diario


Stephano Vitale

Si yo perdonara, madre
¿me bendecirías tú?

Si, perdón, yo ven - g - o - a
per donar
Donar me, donar te
A per donar nos
qué de per - dones haría!

bendecir
ben decir
bendecir-me
ven - a - decirme

a - bien - decirme
madre
ven, bien


Nora Muñoz

martes, 1 de mayo de 2007

Un árbol en medio de la casa


Hay un árbol en medio de la casa
Un árbol que flota en el piso como una aparición
Un árbol que jamás creí poder instalar en mi vida,
luces de colores que bailan y sonríen.

Un árbol que transita por nosotros, lleno de sueños y promesas
y cuelga el tiempo que transcurre de un año a otro
repite fosforecencias y aplausos de niños
Y me retorna a ciertos espacios
a una casa con puertas inexistentes
a tardes de pesebres improvisados y manos de niña fabricando sueños
ventanas pequeñas con el barrio y los postes adentro
y parabrisas que resbalan en el crepúsculo

La mano del padre que clavaba y aturdía
llevándonos a la esquina donde el pascuero siempre a destiempo
siempre impredecible
se nos escurría rosetones, papeles envoltorios
y regalos maravillosos que desaparecían
por los rincones de las casas abandonadas

Hay un árbol en medio de la casa
que levanté con mis propias manos
y llené de frutos y rocío
raíces gigantescas que buscan la tierra silenciosa,
el agua primigenia

Hay un árbol en medio de la casa
como aquella casa que hoy no existe
que quedó flotando en el tiempo y la tristeza
en la memoria de la madre que ya ha olvidado
una casa que hoy sólo guarda como testigo
un árbol capa caída ramas desnudas pájaros mudos sentados al borde

Hay un árbol que salió volando
la última navidad con destino incierto
un árbol tras una niña con manos blancas y luces en los dedos
un árbol que recorrió demasiados años
y hoy me encuentra
frondoso y frondosa
y hoy lo encuentro
raíces profundas ramas al aire
y un hijo reclamando un árbol y el amor que lo decora.


María Alicia Pino Pozo